¿Sabes diferenciar si el enfado de tus hijos es una demanda de ayuda? ¿Quieres aprender a solucionar los conflictos en los que tus hijos se comportan de manera agresiva? Y no me refiero solo a los desbordes emocionales comunes en la primera infancia (las rabietas), este artículo va pensado también para niños mayores, porque enfadarnos, nos enfadamos toda la vida.

La rabia es una emoción potente y bien gestionada nos empodera. Durante la infancia, el enfado es una de las herramientas que utilizan los pequeños para mostrar el dolor. Ese dolor, que puede venir de una frustración o incomprensión hacia alguna situación, se transforma en conflictos que muchas veces los padres no sabemos cómo gestionar.

Una reacción habitual por parte del adulto puede ser la de actuar a la defensiva, imponer el mando sobre esa situación y juzgar la reacción del pequeño. Sin embargo, esto no hace más que empeorar las cosas.

En este artículo quiero proponerte un camino para gestionar los enfados de tus hijos de una manera enriquecedora para las dos partes, ¿te atreves?

 

Gestiona los enfados de tus hijos en 4 pasos

Pongámonos en una situación de ejemplo: tu hijo viene cabreado (o frustrado) del colegio o de las actividades que haga durante el día y parece que todo lo paga contigo. Se enfada, te falta al respeto o te reta, parece que te quiera hacer enfadar y llamar tu atención. ¿Crees que este niño solo quiere molestar? Tal vez te quiera mostrar que le pasa algo pero, ¿y si fuera así?

Si tu hijo actúa con esta agresividad, rotundamente sí, le pasa algo. Está claro que se siente mal y que a ti te gustaría saber qué le pasa, pero parece que no te lo ponga fácil.

Por una parte le entiendes y sabes que algo le pasa, que necesita sacarlo. Por otra también quieres hacer respetar tus propios límites e igual te da miedo perder tu posición de autoridad si tu hijo viene desde el enfado (¿con tu madre/padre no te has de enfadar? ¿Ah, no?).

También puede ser que no sepas cómo ayudarle, que te vengan grandes sus problemas, su emotividad, o que sencillamente estés sobrepasado.  En estas circunstancias, puede ser que acabes cabreándote tú también en vez de estar ahí para escuchar, lo cual ayudaría mucho más a resolver las cosas, tanto a su autoestima como a la tuya.

Te entiendo, no es fácil, pero piensa que él no sabe cómo gestionar esta situación y tú estás ahí para guiarlo y orientarlo, y sí, puedes hacerlo. Respira hondo y dite: yo puedo. 

En el momento puntual en que tu hijo te muestra su malestar o frustración, a través del enfado hacia ti, lo que necesita tu hijo es ser escuchado, sentir que sus sentimientos son legítimos, que tiene tu amor incondicional y que estás ahí para sostenerle.

 

Por todo esto, lo que te aconsejo es:

 

1.Primero cálmate tú

Si te muestras en un estado sosegado y seguro, lo va a notar y se va a calmar también. Sé consciente que tú eres su soporte y su apoyo. No te lo tomes como algo personal ni dejes que tus pensamientos de inseguridad te invadan.

Deja a un lado las prisas, las presiones y las creencias. Si ahora no puedes hacerlo, toma aire y busca un momento en que sí puedas escucharle, pero no lo demores mucho: tu hijo necesita tu sostén y tú te sentirás mejor actuando.

Si en su expresión de sentimientos te agrede o te ataca, puedes defenderte, frenando su golpe, o apartándote ligeramente, diciendo que le quieres y que hablaréis cuando esté más calmado. Si insulta u ofende, te puede servir el decir “creo que no estás hablando tú, sino la rabia que sientes”. Repito: no lo tomes como algo personal, ni te dejes invadir por tus inseguridades (si tienes dificultad en esto puedes trabajarlo en terapia personal).


2. Antes o mientras les escuchas con atención, interésate por sus sentimientos, nómbralos y legitímalos.

Si no puedes entenderle, pídele y ayúdale a que se calme antes de iniciar la conversación. Tal vez antes de poder expresarse necesita mostrar sus sentimientos, y esto es lo que ya está haciendo, mostrarte la intensidad de su dolor. Trata de ver el mundo desde sus ojos, desde su corazón de niño. Si por su actuación no captas cómo se siente, puedes probar preguntándole directamente cómo se siente o tal vez sugiriendo “tú  ¿estás…?” o decirle “te veo.. “. Por ejemplo: ¿estás decepcionado? Te veo furioso. ¿Qué te parece si me cuentas lo que te pasa y veo cómo puedo ayudarte?

Observa si hay tristeza, porque muchas veces detrás de las explosiones de rabia lo que hay es una mala gestión de la tristeza (tristeza reprimida). En este caso puedes probar con preguntas como: ”Veamos si hay algo detrás de esta rabia…” o directamente “ ¿estás triste mi amor?

Lo último que necesita una persona frustrada, dolida o enfadada, es que le juzguemos o le cerremos puertas. Prueba a mostrarte como alguien que está a su lado, que confía en él, que puede ayudarle a sostener ese dolor que ahora siente y que está sacando en forma de rabia.

Legitima sus sentimientos y a la vez ayúdale a gestionarlos, simplemente sosteniéndolos.

Así le ayudarás a diferenciarse del sentimiento. Se siente así, pero no es ese sentimiento. El sentimiento es un estado que tal como ha venido también va a pasar. Y tú le quieres y estás ahí incondicionalmente. Como estás en un estado de seguridad, le transmites seguridad. No has de resolver nada, solamente acoger sus sentimientos, lo cual no es fácil, pero puedes hacerlo. Seguro que alguna vez te has sentido como él se siente. No huyas, los sentimientos se vuelven de pronto fáciles de gestionar cuando los acogemos.

También es importante que captes bien el ritmo de lo que necesita el niño y te adaptes a ello, que conectes con él y así tu intuición te guiará. Sopesa si les estás agobiando, atosigando, dile que estás ahí y muestra que puede acudir a ti, pero no le atosigues.

Puedes usar el efecto de la resonancia para saber cómo se está sintiendo. Este efecto dice que se está sintiendo tal y como te hace sentir a ti.

 

3.Sigue escuchando con atención

Pongamos que en este paso ya está más tranquilo y empieza a contarte lo que ha pasado, lo que le preocupa, o cómo se siente. En este punto es importante que le escuches con atención, es decir, que dejes lo que estés haciendo, le mires a los ojos y pongas todo tu esfuerzo en comprender qué te está contando.

No des ideas ni trates de resolver nada. Solo escucha, entiende su mensaje. No es necesario que estés de acuerdo, ni has de tener prisa por hacerle ver que tú no estás de acuerdo. Sólo céntrate en comprenderlo.

Puede ser que tu hijo hable mucho. En ese caso, después de dejarle expresarse, puedes hacer preguntas para concretar lo que ha pasado.

También puede ser que tu hijo no cuente apenas nada, pero puedas entrever los sentimientos en su expresión o en sus actos. Recuerda los recursos que te mencionaba un poco más arriba: “te veo triste”, “veo que realmente te ha afectado mucho esto que te ha pasado”, “me parece que ahora no tienes ganas de hablar y lo respeto. Que sepas que estoy aquí si me necesitas.” Y sencillamente te quedas ahí a su lado, sosteniendo el silencio. ¿Por qué no?

A lo largo de la conversación puedes preguntarle: ¿cómo te sientes? o ¿cómo te has sentido? Esta información es la que más nos interesa, más que los detalles de qué ha pasado, quién tuvo la culpa o cómo va a resolverse. Esto vendrá más adelante.

Si ves que va a ser bien recibido prueba con un abrazo. Este va a comunicar más que cualquier conversación, ya que lo que necesita tu hijo es saber que estás ahí y que a través de tu ejemplo él puede estar ahí habitando ese sentimiento sin correr ningún riesgo.

Le estás dando permiso para sentir. Es probable que del enfado pase al llanto, pues había tristeza, miedo o tensión reprimida, pero quédate ahí simplemente. Eso es permitirle sentir.

 

4. Ayúdale a decidir qué va a hacer para solucionar o reparar lo que le ha pasado

Hecho todo esto, ya tendrás la parte más importante completada y además habrás sentado las bases para que tu hijo pueda empezar a pensar y a reflexionar. Entonces puedes ayudarle a decidir qué va a hacer para solucionar o reparar lo que sea que le está pasando o le haya pasado. También tú puedes disponer de tu tiempo para decidir qué vas a hacer. Según la situación que sea vas a tener que intervenir (estamos hablando de niños de 8 a 12 años que no son bebés pero tampoco son jóvenes). El responsable de cuidar de ellos, de protegerlos y de educarlos eres tú. Pero también puede ser que sea algo que puede resolver el propio niño. Si es así, dale esa oportunidad.

A esa edad ya tienen una capacidad de razonamiento lógico y está empezando a formarse sus valores en función de los que sus cuidadores le transmitís. Como sabes, creo que es bueno permitir a los niños pensar. En esta línea sería buena idea que te frenes antes de empezar a aconsejar o a resolver la situación en sí – espera y confía en que él pueda encontrar sus propias soluciones. Y si necesita tu opinión, siempre se la podrás dar. Estás ahí escuchando atentamente, ¿no es así?

Pero primero espera y maravíllate de ver a dónde puede llegar tu hijo por sí mismo.

Es importante que el niño piense, decida y sea escuchado. También lo es que los padres se impliquen y actúen para informarse o para defenderlo. Desde mi opinión profesional, ni veo bien que los adultos nos saltemos las capacidades del niño y ya corramos a salvarlos, ni tampoco que los desatendamos y les dejemos ahí que se las arreglen solos.

Es necesario encontrar un punto de equilibrio. Si crees que necesitas ayuda para aprender a gestionar estas situaciones complicadas, en mi consulta encontrarás el apoyo que necesitas. Puedes ver toda la información en este enlace.

¿Cómo gestionas los conflictos con tus hijos? ¿Qué situación crees que te sobrepasa?