Los límites en la educación de tus hijos son esenciales, de acuerdo, pero: ¿los pones a base de castigos? ¿Crees que castigar a tus hijos va a servir para que confien en ti como referente educativo? ¿Dirías que es una de las mejores maneras de enseñarles a tratarse bien a si mismos?

Muchos padres creen que castigando a sus hijos consiguen que estos acepten las normas, las interioricen y consigan respetarlas para la buena convivencia de todos. En parte, puede que este objetivo se cumpla… pero a corto plazo. 

La efectividad de un castigo puede ser buena a corto plazo, mientras dure el miedo, pero lo único que está aprendiendo un niño con esto es obediencia, no hay reflexión ni comprensión. Y para esta obediencia puntual, el precio a pagar son heridas en la autoestima de los niños (y en la nuestra propia) y lejanía emocional.

Para aquellos a los que no nos gusta mucho la palabra «castigo», de un tiempo aquí se puso de moda el término de «poner límites», pero muchas veces lo acabamos usando mal, para acabar igualmente refiriéndonos a un castigo. En este artículo voy a intentar aclarar la diferencia entre una cosa y otra.

Así que, si tienes ganas de castigar cada dia un poco menos, y convertirte en una guía amistosa para tus hijos, hoy te quiero hablar de la diferencia entre poner castigos y poner límites, con ganas de ayudar a que distingas cuando haces una cosa u otra y puedas decidir con más información.

La fina línea entre los límites y los castigos

Imagínate la siguiente situación. Una familia en la que los hijos suelen jugar a la consola media hora por las tardes después de hacer los deberes y antes de duchar (esto es decisión de la familia, y si queréis mi opinión, considero  importantísimo limitar el uso de las pantallas sobre todo a los anocheceres: hiperactivan, dificultan el sueño, limitan la creatividad y generan irritabilidad)

Bueno, voy al tema. Resulta que hace unos días que uno de los hijos, de 12 años, coge la consola nada más llegar a casa y se pone a jugar. Cuando su padre le recuerda “las condiciones de uso”, el chico se enfada mucho o bien dice que le queda un partida más, pero no deja de jugar aun dejándole más tiempo. Se empieza a mostrar tenso y muy irritable…

¿Qué harías tú en esta situación? ¿Crees que limitar el uso de la consola sería un castigo o un límite? 

Creo que con ligeros pero importantes matices puede tomar forma de una cosa u otra.

Cómo sería un castigo

Un castigo no es más una muestra de poder de padres hacia hijos: “como te has portado mal, (me has desobedecido y yo soy el que mando) ahora me quedo yo la consola y hasta que no estén los deberes hechos no hay consola”. E incluso si te pilla enfadado, igual te vienes arriba y le sueltas “¡un mes sin consola! (Cosa que ya sabes que igual ya ni lo cumples, y si lo cumples el chaval ya no sabe ni porque le castigaste…) 

En este caso, ni tan solo está aprendiendo a regularse, que es en realidad lo que a él le andaba costando.

El castigo lo ponemos desde el orgullo herido y en el niño causa dolor y miedo. Por lo tanto un castigo es un ataque. Puede ser efectivo a corto plazo, mientras dure el miedo, pero tiene consecuencias en la autoestima del niño. De lo único que aprenderá será de obediencia y de imposición. 

También puede resultar muy desproporcionado, incluso a veces carecer de coherencia con el hecho en sí. Por ejemplo: ha insultado a su hermano, castigado sin consola. O ha manchado unas sábanas de pintura, castigado sin salir a jugar.

Cómo sería un límite

Siguiendo con la situación que te explicaba, lo de no dejar usar la consola o bien retenerla hasta que estén los deberes hechos, puede ser sencillamente un límite, siempre y cuando  lo expreses como tal, y así le llega a tu hijo.

Si tu intención es de acompañar y de cuidar, un límite es una protección que pones hacia tu hijo para su seguridad y su salud, física y mental. En este caso la intención de reducir el uso de pantallas es que no se sobreestimule, y la razón de hacer primero los deberes es que los haga en un momento de claridad mental. 

Poniendo límites no hay intención de dominar, sino de proteger, guiar y cuidar. La acción es congruente con el hecho en sí.

En los ejemplos que comentaba antes como el de pegar al hermano, según la edad podríamos simplemente impedir que se hagan daño o tal vez o decirle algo como “creo que tu hermano se merece una disculpa” (siempre que nos salga de corazón, no se trata de seguir instrucciones como un loro). O si ha manchado unas sábanas de pintura, le podemos pedir que se haga responsable de lavarlas. Así le estamos proponiendo una alternativa de reparación, mostrando un camino que para nosotros es válido, sin agredir a su autoestima.

¿Cómo podemos poner límites? 

En el caso con el que empezábamos el post, como maneras de expresar los límites de forma más respetuosa, se me ocurre por ejemplo:

“Mira (hijo), he decidido que la consola te la  guardaré yo y te la dejaré tener media hora cuando hayas acabado los deberes. Entiendo que para ti es muy difícil contenerte si la encuentras aquí encima y por eso la guardaré para que te resulte más sencillo. ¿Puedes venir a pedírmela cuando tengas los deberes hechos? Te quiero mi amor (esto nunca sobra).»

Y no me quedo muy convencida con esta opción, porque si el chico ya estaba jugando, es probable que el entregar la consola al momento lo viva como castigo. Funcionaría mejor de cara al siguiente día, no como solución a corto plazo, sino a largo. En este momento del que hablábamos, podríamos probar con otra opción al estilo del libro del libro de  “Como hablar para que sus hijos le escuchen…» de Faber y Maslish…, esta ya es “high level” 😉

Madre: Veo que no has esperado a coger la consola, tal como quedamos.

(pasa un buen rato porque está absorto)

Chico: No, ¡es que la quiero ahora!

Madre: Veo que para ti es difícil esperar, ¿es por eso que la has cogido sin permiso?

Chico: ¡Claro! ¡Porque tú no me la dejas! ¡Y la quiero ahora!

Madre: Te entiendo, para ti debe de ser muy importante jugar a la consola.

Chico: Sí porque me quedé con la partida a medias y tal y tal….

Madre: Ahh entiendo…

Chico: (acaba de expresarse)

Madre: Pero tú y yo quedamos que primero harías los deberes y después podrías jugar a la consola, ¿qué podríamos hacer?

Chico: Pero es que los deberes de hoy son muy difíciles, ¡no quedará tiempo!

Madre: Ahhh…(le deja tiempo para pensar)

Chico:  ¿Quizás tú podrías ayudarme a entender el enunciado mamá?

Madre: Vamos a ver…

Una conversación similar, la podrían tener en un momento de tranquilidad, para buscar una manera en que el niño pueda aprender a regularse y apagar la consola al cabo de media hora (por ejemplo acordar 3 partidas en vez de 30 minutos) y así no le pilla a media partida. O ponerse una alarma el chico cuando queden 10 minutos para que no le venga de sopetón el aviso. Tal vez media hora al día lo ve muy poco y funcionaria mejor 1 hora y media solo un día y dos días de descanso de consola. Ten en cuenta que los juegos electrónicos tienen gran capacidad de absorber la atención de los chicos, los cuales aún tienen una capacidad de control de impulsos inmadura, y por ello se les hace muy difícil y apagarlos. Sabiendo esto, puedes ponerte el chip de “¿cómo voy a ayudarle a salir de esa absorción mental?” en vez del chip de “¡¡este niño no me hace ni caso cuando le digo que apague la dichosa consola!!»

Todo es cuestión de explorar posibilidades que se adapten a la situación y experimentar con todas ellas, confiar mucho en vuestros buenos sentimientos y en los de vuestros hijos.  Y como os he dicho otras veces, en estar tranquilos y confiados nosotros mismos pues desde el estrés y la inseguridad rápidamente se nos va a colar el castigo o el grito.


Me encantaría que pruebes a sustituir los castigos por los límites y las propuestas de reparación, que comiences a aplicar estos cambios y que me cuentes cómo han resultado. ¿en qué situaciones te cuesta distinguir entre límites y castigos? Puedes dejarme un comentario justo aquí abajo.