Hace años pensaba que las gradas de las competiciones deportivas de niños y niñas estaban llenas de energúmenos que no eran conscientes de lo que podían transmitir desde la grada. No entendía el por qué de esa reacción emocional tan agresiva. Les tenía rechazo, y llegué a compartir la opinión de que estarían mejor fuera de las gradas.

 

Me daba vergüenza y me sabía mal por los niños, por los entrenadores, por los árbitros. 

 

Pero sobre todo por los niños, que habían ido allí a jugar y tenían que presenciar según que numeritos de personas adultas desbocadas, incluso haber recibido insultos. 

 

Verdaderamente vergonzoso. 

 

Me acuerdo también de cuando yo era una niña deportista, sensible y muy observadora, en aquel entonces a estos padres que percibía hostiles, o simplemente exigentes, agresivos, les tenía miedo. Pensaba cómo debían ser en sus casas… intentaba pasarles desapercibida, no fuera a ser que tiraran contra mí alguno de sus improperios. 

 

Por suerte en mi deporte esto no pasaba tanto, aunque también pasaba. Bueno y si empiezo a pensar, yo misma he recibido hostilidad de adultos en el deporte. Y tanto. Algún día hablaremos más de ello. 

 

Un cambio de perspectiva

 

Lo bueno es que la vida te da oportunidades y a mi me ha dado la de ver estos comportamientos de otra manera, que me ayuda más a encontrar soluciones por el bien sobre todo de los niños que es algo que me mueve mucho. 

 

A ver si me sé explicar. Quiero decir que ahora sé que hay adultos que se comportan como hooligans en las gradas de deporte infantil, pero la diferencia es que ya no les veo como alguien sin remedio. Al contrario, les veo como alguien pidiendo ayuda. 

 

Y es que por suerte al ser psicóloga del deporte y de niños, de tanto en tanto llega un padre que se está viendo como un hooligan pero no está agusto con lo que llega a transmitir desde la grada y además se ha propuesto cambiar por amor a su hijo y a sí mismo. 

 

Y esto es muy bonito. 

 

Pasa que en mi experiencia son más padres que madres los que manifiestan una dificultad en la gestión de su frustración en los partidos de sus hijos. Esta frustración la canalizan yendo hacia el contrario o exigiendo a su propio hijo. 

 

En los dos casos el hijo sale perdiendo pues les baja la autoestima o pasa autentica vergüenza, o coge el ejemplo del padre (ninguna es muy positiva para su desarrollo).

 

Y esto de que sean más padres que madres lo ligo con la creencia social de que los varones tienen más dificultades con su ira. Entonces te dicen algo como: “yo soy así, no sé hacerlo de otra manera”. Esto simplemente es una creencia y la puedes neutralizar. 

 

Esa rabia que expresas, podemos mirar si en su origen es tensión o miedo y tomar las decisiones para manejarla de otra manera que no repercuta en tu relación con tu hijo ni en su vida deportiva, ni en su autoestima. También puedes centrarte en lo que sí ayuda. 

Convertirte en un padre que suma, en un animador auténtico, no en un hooligan, 

 

Os comparto un dibujo que hice para los chicos de mi consulta donde apuntábamos todo lo que se puede transmitir desde la grada y que sí ayuda al bienestar, a la autoestima y al rendimiento. 

 

Lo que no ayuda a la autoestima no ayuda al rendimiento. Recuerdalo

Y te invito a pensar también en qué sentido tendría el rendimiento sin autoestima.

Aprender a transmitir desde la grada desde tu adulto

Así que te quiero decir que si te estás viendo como un padre hooligan y sabes que no es bueno para ti ni para tu hijo, ni te gusta lo que llegas a transmitir desde la grada, no te creas tú mismo el cuento de que no tienes remedio y la única opción es no ir más a los partidos. 

 

Puedes decidir dejar de justificarte con un “yo soy así”. 

 

Plantéate el hacer algo diferente. 

 

Como te he dicho, yo también pensaba que estos que etiquetamos como padres hooligan no tenían remedio, hasta que empecé a conocer a algunos de ellos. 

 

Entonces vi miedo.

Vi nerviosismo

Vi inseguridad. 

Vi la impotencia. 

 

Vi auténtica ansiedad canalizada en modo de agresividad e incluso violencia.

 

Y vi que no le gritaban a sus hijos, sino al niño que fueron. 

 

Y ese niño no necesitaba un grito, sino todo lo contrario. 

 

Hay que ser valiente para admitir esto y para empezar el camino del cambio. 

 

También he visto que al verles desde un lugar de no juicio y movidos por el amor a sus hijos, ellos se abrían a ver las cosas de otra manera, a la posibilidad del cambio, de tomar responsabilidad en el cambio.

 

El camino del cambio para mí es aprender a estar en la grada desde tu adulto y no desde tu niño interior herido. Y para ello has de hacerte cargo de tus emociones, algo que sólo puedes hacer tú, pero que no sabes hacerlo. No pasa nada por aceptar ayuda. 

 

Yo ya conozco a algunos valientes que lo han logrado y ahora están super orgullosos de su gestión emocional y su elegancia, y sus hijos ni te cuento, el peso que se han quitado de encima. 

 

Si quieres dar el paso, puedo acompañarte.